sábado, 15 de marzo de 2008

Un clarinetista ajeno


Un músico cautivador, con unos negros ojos como el azabache de su clarinete.

Miraba yo sin ver, una música que el azar puso ante mi. Un valor desconocido.
Una melodía conocida y reinterpretada. Un sonido hechizador en una noche de soledad completa.
Una soledad completa en un local lleno de gente. Sombras que hablan, ríen y bailan, ajenas a todo, yo ajena a todo, si no es, a esa música que resuena por encima del parloteo.

Hay cosas que no se pueden explicar, esa noche fue así.
Nunca entenderé porqué estábamos solos yo y ese clarinete huérfano.

Puedo imaginar muchas cosas, y me sorprendo a mi misma, buscando excusas para esa sensación; inútilmente. Mirar la música es como oler las palabras, como vestir los sentimientos o comer color azul.
No es que no me gustara esa rara sensación, es que sé lo que precedía.

Volver a darme cuenta de lo sola que estoy en el mundo. En este invierno, de ratito, corto y alocado del que nos toca resguardarnos.

Era como si al terminar la canción, al clarinete y a mí, ya no nos iba a quedar nada.
Como si acabáramos en el último compás.

Y así fue, terminó la melodía y terminó la sensación de soledad, para dar paso al vacío más inhóspito, en un espacio lleno de gente y humo.

viernes, 14 de marzo de 2008

Que maravillosa película


“He sido monógamo sucesivo y a veces muy puta. Pero todo eso pasó también”.

Joaquín Sabina