viernes, 30 de mayo de 2008

Prometer es mentirle al destino...



Se acaba una relación. Se acaba una relación y te mueres de adiós. Se acaba una relación, te mueres de adiós, y entre tanto descalabro, acabas olvidando tu remolque de promesas rotas. Ese remolque que, impulsado por la pasión inicial y el romanticismo más optimista, jamás perdió la velocidad de crucero. Tú te paras, te apeas, provocas baja emocional, pero tarde o temprano ese remolque vendrá a por ti, atropellándote con toda su inercia, mala hostia y celeridad.


Y si en algún momento te falla la memoria, no te preocupes. Padres, suegros, hijos, amigos y familiares varios están ahí para darle un último impulso al remolque justo en el instante del impacto, y recordarte los planes que teníais, lo mucho que la querías, lo mucho que la quisiste, lo mucho que aún deberías estar queriéndola si de verdad fueses cumplidor y no este hatillo de decepciones en el que con los años te nos estás convirtiendo.


Las promesas. Las promesas duelen siempre a destiempo. Serían el equivalente a criar un tigre de Bengala. Sabes que al principio es monísimo, tierno, encantador, pero que algún día, sí o sí te arrancará un brazo, una pierna, o cualquier otra extremidad. Y así andamos, cada vez más cojos, más mancos o lo que es peor, con menos extremos que arrancar.


Llega un momento en el que ya no te crees nada de lo que te dices. Es cuando te das cuenta de que con los años, a toda promesa le ha salido un matiz. Te querré hasta fin de año, tendremos un hijo para cada uno, se llamarán como tu cartero y mi estilista, viviremos en casa de tus padres, cuando se mueran los dos.


Prometer es mentirle al destino. Prometer es perder por adelantado. Hipotecar lo inexorable. Prorratear lo inexpugnable. Autojoderse en diferido.


Aunque claro, parece que prometerse cosas acaba siendo necesario para avanzar. Con uno mismo y con los demás. Porque actúa como timón de las relaciones sentimentales: marca el rumbo a seguir, pero ni de coña te esperes que sople viento sobre las velas.


Pero es que si no prometes nada, tarde o temprano te enfrentarás a la pregunta a la que se enfrentan los que cometen la desfachatez de vivir al día, de disfrutar el momento, de habitar sola y únicamente en el presente. Cariño, hacia dónde va lo nuestro.


Yo cada día me siento más orgulloso de mis dudas. Las únicas que, con el tiempo, acaban siempre confirmándose. Las únicas que, con los años, jamás me van a traicionar.


Hoy, mientras la palabra nosotros se me escurre líquida entre los dedos, me voy dando de bruces con todas y cada una de mis incompetencias emocionales. No he sido capaz de hacerte feliz. No he sido capaz de estrecharte entre mis lazos. No he cumplido casi ninguna de mis promesas. No he respondido casi ninguno de tus porqués.


Y aún así, hay algo que quiero y puedo decirte.

Que pase lo que pase a partir de ahora, voy a quererte toda la vida. Te lo prometo.


Evaristo Mejide.

jueves, 29 de mayo de 2008

Un tango para un ciego.



Todavía no habías encendido el cigarrillo de después, ese tan mal considerado, para apuntarme, que recordarías aquellos momentos en tu casa, en tu vida de rutina, en tu cama, fíjate todavía lo recuerdo…recuerdo pocas cosas, porque me obligo a recordar poco.

“Mejor recuerda sólo el sexo que tuviste con quién ames”, - te dije - vano consejo…

Desde entonces los latigazos que me da la memoria me asestan también en la espalda, en ese centro del que hablaba Miguel; cada vez que veo unos ojos negros o intuyo un acento raro en las hembras que me rodean…mi descuido te considera.

Y no madura nada de lo que me enseñaste, nada de lo hablado, ni una nota de la música que amamos, ausencia de lo visto, nada de lo compartido, sólo esa frase navaja que me persigue.

Y no me hostiga otra cosa, no tengo tacto, ni aromas que traer a la memoria, ni susurros que no sea tu sofoco en mi oído, y con tu suspiro mi latigazo y tu recuerdo.


Como un tango bailado por un ciego…nada de lo sentido por ella se comparará nunca a lo que siente el ciego…los recuerdos de ella se verán empañados por el recuerdo de lo observado…los de él no, sus sentidos se unen para perpetuar el latigazo en la espalda.

Ya ves… recuerdo pocas cosas, porque me obligo a recordar poco.

miércoles, 28 de mayo de 2008

martes, 27 de mayo de 2008

ESA LUNA COLOR DE VIEJO SAXOFÓN...




Esa luna color de viejo saxofón
me retendrá en París.
Esa luna color de vieja mariposa,
de alma vieja buscando sobre el viento
ojos para mirar el fin de siglo,
gatos que son las dudas de la noche.

Tiéndete junto a mí.
Despierta en la memoria
esa inquietud que guardan los que acaban de amarse,
la imperceptible prisa de los labios
que buscaron un cuello donde apoyar su aliento.
Y déjame mirarte, frente a frente,
con estos mismos ojos orientales
que utiliza el amor para observamos.

García Montero.